Hola chicos y chicas. Mi nombre es Jesús Archivet y soy de Arjonilla, un pequeño pueblo de Jaén donde el cielo parece rozar los olivares y las campanas aún suenan como en los tiempos antiguos.
Mi historia con los frailes carmelitas descalzos es larga. Muy larga. Llena de cosas que no entendía, de decepciones, de sonrisas y, sobre todo, de una bendición silenciosa que me ha sostenido incluso cuando todo se derrumbaba, esa bendición es la oración.
Corría el año 2021. En plena pandemia, con el alma hecha un lío y el corazón temblando, llegué por primera vez al Carmelo, concretamente al convento de Amorebieta, en Vizcaya. Y no me preguntéis por qué, pero el Espíritu Santo me guio hasta allí. Sí, tal cual. Yo no tenía ni idea de lo que hacía, pero allí estaba. Y si me lo preguntas hoy, tampoco sabría explicártelo, pero sé que era Él, moviéndome con una sabiduría que no era mía.
Ese mismo año hice la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU). Quería formarme en algún seminario para ser sacerdote y fraile. Pero dos cosas, la primera, realicé el bachillerato a distancia y la segunda, estaba enfermo por aquel entonces y suspendí. Se me vino el mundo abajo. Y sentía que todos mi sueños, el sueño de consagrarme a Cristo, se evaporaban como el inicienso en el altar.
Tomé entonces una decisión apresudara. Me matriculé en periodismo en una universidad online que ofrecía un título de Inglaterra. No soy rico. Y me dolía ver a mis padres pagando aquella matrícula tan cara. Pero yo solo buscaba un puente, una forma de poder llegar a estudiar teología. Y aun así, mi alma no tenía paz. Después de dos años, dejé el periodismo, aunque confieso que me sigue encantado escribir y contar historias, y comencé un nuevo camino. Estudié Integración Social. Quería ayudar a los demás, vivir el Evangelio con mis manos y mi corazón. Sin embargo, en medio de ese nuevo rumbo, me enfrié. Dejé la oración y la eucaristía por un tiempo. Volví a cometer errores. Salía más, buscaba distracciones que no me llenaban ell alma y cuando el alma deja de mirar a Dios, empieza a perder el norte. Y yo lo había perdido.
Durante mis prácticas de integrador social parecía feliz, pero no lo era. Había dentro de mí un vacío profundo, un silencio que dolía. Luego trabajé en el campo, entre olivos, pensando que aquello de ser fraile había pasado a la historia. Pero Dios no olvida lo que siembra. Poco a poco, con la ayuda de los frailes y de mi formador, el Señor fue curando mi herida. Volví a rezar. Volví a sentir Su voz. Y volví a comprender que la felicidad no está en hacer mucho, sino es ser de Cristo, simplemente.
Hoy vivo feliz. Humildemente, me encuentro en el convento de Vitoria. En una comunidad de frailes, entregando mis días al estudio, la oración y a los trabajos manuales que me confían. La vida en comunidad es una familia que te acoge, que te escucha, que te quiere tal como eres. Y te enseña que el silencio, lejos de ser vacío, está lleno de presencia. Tengo 26 años, y me siento como aquel joven de 21 que soñaba con comerse el mundo en el Carmelo Descalzo. Pero ahora sé que no perdí mi vida, sino que la encontré. Estoy donde Dios quiere que esté. Y cuando miro atrás, veo que todo el fracaso, la tristeza y el miedo, fue parte del camino hacia Su ternura.
Ahora, quiero hablarte a ti, que me lees con inquietud en alma. Quizás no lo sepas, pero Dios también te está llamando. A veces lo hace en el ruido de la ciudad, otras en la soledad de una noche de dudas. No tengas miedo. Si sientes que algo dentro de ti vibra cuando escuchas la palabra Carmelo, si el silencio no te asusta sino que te atrae... quizá el Señor te esté mostrando tu lugar. Los santos del Carmelo nos enseñaron que la felicidad verdadera no está en tener mucho, sino en perderse en el amor de Dios. Piensa esto, porque a mi me costó, sobre todo en la segunda fase encontrarme. Pero he visto con mis propios ojos que Dios no llama a los perfectos. Llama a los que se dejan amar.
Así que si alguna vez te has preguntado si Dios te quiere para algo más, si sospechas que tu vida podría tener otro ritmo, abre tu corazón. Porque el Carmelo no solo es un convento.No. Es un hogar donde el alma aprende a respirar con Dios. Y si decides venir, aquí estaré, para caminar contigo. En el silencio, en la oración, y en la alegría de sabernos hijos del mismo Amor.
Jesús María Archivet Maroto